Laura Flores, gerente general en iProspect de Dentsu Chile.
A veces caemos en la trampa de pensar que la inteligencia artificial nos exige reinventar la rueda o desarrollar superpoderes nunca antes vistos, pero la realidad es menos ciencia ficción y más sentido común.
En mi opinión, no estamos ante la aparición de nuevas habilidades, a excepción –por supuesto– de aquellos roles de enfoque meramente técnico, sino ante la revalidación de las que siempre han sido el corazón del marketing.
Las tecnologías cambian: pasamos del papel al digital y ahora estamos en la era algorítmica, pero el profesional que logra navegar estas olas con éxito sigue siendo el mismo: aquel que entiende que la herramienta cambia, pero la esencia estratégica permanece.
Para adecuarse al uso de la IA, lo vital es alimentar la curiosidad y el “hambre” por entender a las personas. La tecnología puede procesar datos a velocidades que no habíamos visto, pero necesita profesionales resolutivos que marquen un foco claro en los objetivos y diseñen acciones coherentes para alcanzarlos.
La IA no define el “por qué” ni el “para quién”; esa es tarea de un marketero obsesionado con solucionar los problemas reales de su audiencia. Si no sabemos qué preguntar o qué problema resolver, la herramienta más potente del mundo se vuelve irrelevante.
Finalmente, la habilidad que corona todo esto es la flexibilidad cognitiva. La capacidad de adaptación no es un «extra» en nuestro currículum, sino el requisito de supervivencia de nuestra industria.
Quienes logren ser permeables al cambio, aprendiendo y desaprendiendo con agilidad sin perder el norte estratégico, son los que se destacarán en esta era. Al final del día, las herramientas evolucionan, pero el criterio humano y la capacidad de conectar puntos siguen siendo aspectos que la máquina aún no puede replicar.





